Por: Paula Venegas en " El concecuente" Diario Ciudadano.
Ha pasado una semana después del sismo y al comienzo
nos mirábamos con cara de "¿y quién es el que vive
al lado mío?", pero ahora hasta podríamos organizar
la junta vecinos post-terremoto. Sábado 27 de Febrero por la madrugada: nos
habíamos acostado hace poco con mi mamá, cuando
empezó el remezón. Ella se paró bajo el umbral de
mi puerta y empezó a gritar: "¡Paula, sale de la
cama!¡Párate!" y yo no me podía levantar, era tan
fuerte el movimiento en el departamento que me iba
para atrás, como las tortugas, trataba de pararme
de la cama. Sentí como se caían las cosas en mi
pieza, el movimiento de la lámpara en el techo.
Entre tanto remezón, mi mamá de lo único que se
acordaba era de "sus vasos y copas finas". Cuando
pasó el terremoto, nos vestimos y nos quedamos en
la entrada del departamento. Nos acordamos del
matrimonio mayor que vive al lado y le empezamos a
golpear la puerta. Don Luis, nos abrió y nos dijo
que él y su señora estaban bien. Y paf, portazo en
la cara.
En eso, subió el conserje para decirnos que iba a
cortar la luz, el agua y el gas, y sentimos unos
gritos en la escalera que lleva al cuarto piso.
Era una vecina que bajaba afirmada a la pared y
con una linterna. Estaba sola. Nosotras la
invitamos a pasar y conformamos el "albergue de
las mujeres solitarias".
La vecina se presentó, su nombre es María Luisa,
nos contó que era viuda y nos quedamos conversando
las 3 sentadas en el umbral de la puerta
principal. El conserje volvió y nos dijo que
apenas aclarara se iba a ir a su casa, la vecina
le pidió que la acompañara a su departamento para
buscar su cartera y ropa. No sé cuantos minutos
pasaron. Cuando volvieron nos comentaron que un
departamento del cuarto piso tenía la puerta
abierta y que la cerraron porque seguramente,
había sido el sismo la que la habría abierto.
En eso sentimos pasos en las escaleras y nos
encontramos con un joven envuelto con una toalla y
un chaleco, reclamando porque se había cerrado la
puerta de su depto y había salido sin llaves. Nos
miramos... casi nos ponemos a reír, pero no lo
hicimos por respeto a él. El nos contó que estaba
solo, se despertó con el terremoto y salió
arrancando a la calle.
Amaneció, se fue el conserje, mi mamá le pasó
herramientas al "joven de la toalla" (como lo
bautizaron en el edificio) y largas horas después,
regresó con un amigo a devolvernos las
herramientas y le ayudaron a mover la tele, el
estante donde estaban guardados los "vasos y copas
finas" y se fueron.
Día 2:
Después de muchas horas llegó mi pololo (el
terremoto lo encontró en viaje a Conce en el bus)
y empezamos a golpear las puertas de los
departamentos para saber quiénes estaban. María
Luisa se despidió porque la pasaron a buscar sus
hijos y se fueron a Talcahuano. Todos los
departamentos del 4 y 5 piso estaban vacíos.
En el segundo piso, encontramos en el 301 a un
matrimonio con sus 2 hijas y en el 302 a otro
matrimonio con sus hijos y familiares. Nos
avisamos que estábamos bien y que cualquier cosa
teníamos que comunicarnos.
Entre medio de este censo, se desató la locura y
sicosis por los saqueos que me enteré por medio la
radio del mp3 y don Luis decidió que cerráramos la
puerta del edificio con doble llave y la puerta de
acceso a los estacionamiento con seguro. Alguno de
mis vecinos dejó escrito en la pizarra estas
instrucciones y todos cumplimos.
Día 3:
Llegó mi hermano del sur con provisiones de
Osorno, la vecina que pasó con nosotros el
terremoto nos pasó a visitar, nos dejó chocolates,
conservas y nos trajo un termo con agua caliente.
Ese día casi todos los vecinos estaban en el
estacionamiento mirando la vida pasar, copuchando
y conociéndose mucho más. Ya estábamos en toque de
queda y empezó el "mercado negro" entre nosotros:
préstamos de cargadores de celulares para los
autos, diarios, intercambio de noticias, etc.
Día 4:
Uno de los vecinos logró que el estanque de agua
de emergencia (y que funciona con electricidad,
cosa que no teníamos) nos surtiera de este
elemento, otro vecino pegó un cartel que decía
"úsese con moderación" y nos íbamos prestando
potes de helado para vaciar el agua del piso que
inundó la conserjería. Todo servía para mantener
los baños menos tóxicos de lo que ya estaban. En
eso, una de las hijas del vecino, abrió el portón
de los autos y adoptó un perrito. Le dimos agua y
las niñas le dieron comida pero don Luis lo dejó
en libertad porque el can era de la casa de
enfrente.
Día 5:
La vecina del 202 nos convidó pan amasado, mi mamá
le repartió a mis vecinos del 301, unos tarros en
conserva, agua y chocolates. Don Luis pasó en la
noche a dejarnos unos tarros de espárragos y le
repartió a los pisos de abajo también. Sus nietos
le habían dejado mercadería ese día.
Fue otra noche de copucheo en los
estacionamientos, de prestar los cargadores de
celulares, de hacer puente a una camioneta que se
quedó sin batería. Esa noche, los vecinos nos
contaron que "el joven de la toalla" había
arrancado en pura ropa interior y que ellos les
prestaron unas pantuflas y la toalla. El conserje
le facilitó el chaleco y comentaban si alguno de
nosotros sabía de él y de cómo estaría.
Día 6:
Fue el día en que Don Luis pasó gritando por los
departamentos que había llegado la luz, la vecina
del 202 nos dejó más pan amasado y nosotros
repartíamos diarios en los departamentos. Ya había
vuelto casi todo a la normalidad, ya había timbre,
pero ya no nos juntábamos a copuchar en los
estacionamientos.
Porque estábamos todos afuera del edificio
tratando de convencer a los carabineros que
estaban en la esquina de nuestra casa, que
vivíamos allí y nos pusimos a conversar con ellos
sobre el edificio que está en Freire con Ongolmo
para saber la fecha exacta de la demolición. Pero
nadie tenía idea y dudo que hasta la fecha alguien
sepa algo de este tema.
Ese día, llegó uno de los conserjes y nos ayudó a
limpiar el edificio y nos dijo que la basura había
que botarla en la esquina porque el "shaft" ya
estaba colapsado. Además, que el camión de la
basura ya estaba pasando así que los desperdicios
no iban a estar en la calle para siempre. Pero
hasta la fecha, no ha pasado nada.
Y ya que llegamos casi al final del 7 día, no he
visto a mis vecinos porque tenemos luz y "qué
lata" que haya tenido que pasar un terremoto para
que nos hubiésemos conocido y saber de la
existencia de los unos y de los otros.
Ojalá uno pudiera tener mayor comunicación con sus
vecinos y no vivir en la isla de la individualidad
a la que estábamos acostumbrados antes del
terremoto. Pero ahora, quién sabe, si con los
vecinos hacemos una reunión post- sismo para
conocernos mejor.
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